El discurso vs la acción
Actualizado: 13 sept
Si el lenguaje es la herramienta con la que el ser humano ordena su realidad, el vaciamiento de la palabra es, para mí, nuestro síntoma clínico más grave. Entramos en una era donde el discurso no solo se separa de la acción: la suplanta.
Lo pienso en términos de física de sistemas, como una pérdida de coherencia de fase. Emitimos una frecuencia sonora o visual, la palabra amor, un emoji de corazón, mientras nuestra biología interna, el ritmo cardíaco, la química hormonal, está vibrando en una frecuencia completamente distinta, de indiferencia o de miedo. Es más fácil escribir un te amo en una pantalla que sostener la mirada y dejar que esa emoción reorganice de verdad la propia fisiología para compartirla con el otro. Nos volvimos expertos en la estética del discurso, mientras nos volvemos cada vez más analfabetos en la ética de la acción.
Esta desconexión no es solo un dilema moral, es un problema biológico. La célula, como antena, está diseñada para recibir señales coherentes. Cuando el entorno emite palabras vacías de sentimiento, esa antena capta una señal contradictoria, una interferencia que genera estrés y confusión. Es la vieja imagen de la Biblia y el calefón, llevada al nivel más íntimo: pretendemos alimentar el espíritu con conceptos que no tienen el sustrato energético de lo verdadero.
En mi práctica médica vi muchas veces cómo este vaciamiento enferma. El paciente que dice estoy bien mientras su postura y su respiración gritan un colapso inminente es el reflejo exacto de esta cultura del simulacro. Se nos olvidó que la palabra, en su origen, era un acto sagrado, porque llevaba implícita la voluntad de transformar la materia. Hoy la palabra corre el riesgo de ser un residuo, un comprimido de acción que no cura porque no tiene principio activo.
Si hay una salida, para mí empieza en devolverle a la palabra su peso, en hacer que lo que decimos sea lo que efectivamente sentimos y hacemos. No como una exigencia moral abstracta, sino como una condición biológica: la coherencia entre el discurso y la acción no es un ideal ético de más, es la señal que el propio organismo necesita para no vivir interpretando ruido.

Comentarios