Vocación, sostén y resquebrajamiento
Hace poco me quedé dando vueltas con una pregunta sobre la vocación médica. ¿Es una precondición innata, comparable con el oído absoluto de un músico o el talento temprano para las matemáticas? La evidencia disponible sobre heredabilidad de la empatía en estudios de gemelos sugiere que sí hay un sustrato genético real, entre un 30% y un 70% según se mida la empatía cognitiva o la emocional. Pero ese sustrato no explica la vocación completa, de la misma forma que tener buen oído no explica que alguien se convierta en músico. Lo que hereda una persona es un potencial disponible. La vocación efectiva es otra cosa: es la elección repetida, sostenida en el tiempo, de no drenar ese potencial por el camino fácil.
Ahí aparece una idea que me resultó útil para pensar el problema de otro modo. Si el sustrato genético fuera solo una corriente que busca su cauce, el camino de menor resistencia sería el prosocial difuso y de bajo costo, ser una persona amable cuando no cuesta nada. La vocación profesional real, sostenida guardia tras guardia, decisión tras decisión, es exactamente lo contrario: elegir sistemáticamente el canal de mayor resistencia disponible, cuando la alternativa fácil (la indiferencia, la medicina defensiva, el desgaste que termina en burnout) siempre está ahí. Y es justamente por ir contra ese gradiente natural que sostener una vocación funciona como una señal difícil de falsificar, en el mismo sentido en que la biología entiende las señales costosas: el rugido sostenido del ciervo, la cola del pavo real. Un profesional que sostiene treinta años de guardia no fluye por el camino fácil, y esa resistencia sostenida es la prueba.
Una vez identificado este mecanismo, aparece en todos lados. El lenguaje se vacía cuando la palabra se emite sin que el cuerpo, la conducta, pague el costo de sostenerla; ya lo escribí en otro lugar sobre el discurso que suplanta a la acción en lugar de acompañarla. El trabajo se degrada cuando la retribución se desacopla del valor que genera. La medicina pierde su función cuando la consulta se reduce a siete minutos frente a una enfermedad cada vez más compleja de abordar. La privación de la libertad deja de rehabilitar cuando las condiciones de reclusión, en lugar de sostener una transformación, empeoran tanto al preso como a quien lo custodia. En los cuatro casos hay un vínculo que antes exigía una resistencia sostenida, y esa resistencia era justamente lo que garantizaba que la señal significara algo.
Pero al mirar de cerca la medicina y la cárcel juntas, me di cuenta de que la explicación de "menos resistencia" no alcanza. En la consulta corta hay menos tiempo del necesario; en la cárcel, muchas veces hay más dureza de la necesaria, y sin embargo el resultado es el mismo, un vínculo que no cumple su función. Lo que tienen en común no es la cantidad de fricción, es que ninguna de las dos partes del vínculo gana. El médico no tiene tiempo porque el sistema de salud, organizado por rotación y por acto, se lo exige; el paciente recibe menos de lo que necesita por la misma razón. El carcelero no tiene condiciones para sostener un vínculo correctivo porque el sistema penal, organizado por costo y por ocupación, lo somete a las mismas condiciones de precariedad que degradan al preso. En los dos casos hay un tercero ajeno al vínculo, el sistema de facturación de un lado, el sistema de costo por interno del otro, que le extrae a ambas partes el recurso que necesitaban para cumplir su función.
Esto es distinto de otro tipo de captura que también aparece en la naturaleza y en la historia humana, donde una de las dos partes de un vínculo se beneficia a costa de la otra: la mitocondria capturada por la célula que la alberga, la célula que pierde su regulación y se vuelve tumoral, la relación entre una jerarquía y quienes dependen de ella cuando deja de rendir cuentas. Ahí hay un ganador identificable dentro del vínculo. En medicina y en la cárcel no lo hay, pierden los dos lados por igual, drenados por una estructura externa a la relación. Educación, medios de comunicación, seguridad, justicia y buena parte de la política doméstica encajan en este segundo molde: un vínculo de dos partes (docente y alumno, periodista y audiencia, policía y ciudadano) capturado por un tercero que no participa de la relación pero se queda con el recurso que la sostenía, sea el financiamiento educativo, el modelo de negocio de la atención, o la presión política por resultados estadísticos.
Hay un tercer modo, más difícil todavía, donde ni siquiera existe ese tercero. La política internacional y el calentamiento global no tienen, hasta hoy, un árbitro por encima de los estados soberanos ni de la especie completa. Lo que opera ahí no es un extractor con nombre, es la trampa clásica de muchos actores compitiendo sin árbitro, cada uno optimizando racionalmente su propio corto plazo, con un resultado agregado que perjudica a todos por igual. No hace falta un culpable puntual para que el patrón se sostenga, alcanza con que nadie tenga la autoridad de imponer un límite compartido.
En esta discusión surgió también una distracción frecuente, que vale la pena nombrar. La preocupación por la inteligencia artificial como amenaza autónoma desplaza la mirada del verdadero mecanismo. La inteligencia artificial no vuelve bobo a nadie. El sinpienso, la búsqueda del menor esfuerzo, es una elección humana previa a cualquier tecnología. La inteligencia artificial hace una tarea, y es el humano quien decide dejar de hacerla; la decisión de delegar, y de qué delegar, sigue siendo humana. El objeto no es el vector, el vector es quien lo usa. Cargarle a la herramienta la responsabilidad del resultado es, otra vez, una forma de mirada capturada, la misma que ya describí a propósito de por qué ver no alcanza para cambiar de rumbo.
Los datos disponibles permiten poner números a la sensación de indefensión que atraviesa buena parte de esta reflexión. El informe de riqueza global de UBS ubica al 1% más rico de la población mundial en aproximadamente el 45% de la riqueza personal del planeta, mientras la mitad de la población mundial posee apenas entre el 1% y el 2%. Gestores de activos como BlackRock administran hoy cerca de catorce billones de dólares, una cifra comparable al producto bruto de varios países grandes combinados. Mostrar estos números no es condenar a nadie en particular, es describir una asimetría verificable. Lo que la convierte en indefensión, más que la cifra en sí, es la ausencia simultánea de las tres condiciones que Elinor Ostrom identificó como necesarias para que una comunidad gestione un recurso compartido sin agotarlo: voz, salida y sanción, vivas en el presente. La mayoría de la población no tiene voz real sobre cómo se asigna ese capital concentrado, no tiene salida hacia otro sistema al que migrar individualmente, y no tiene forma de sancionar a quien concentra la decisión.
Si hay un hilo que une la vocación individual con el resquebrajamiento a escala de instituciones y de planeta, es este: lo que sostiene un vínculo honesto, sea entre un médico y su paciente o entre una sociedad y quienes concentran su capital, es la resistencia sostenida a lo largo del tiempo, la disposición a pagar el costo de sostenerlo en lugar de tomar el atajo. La vocación es ese costo pagado a escala individual. La voz, la salida y la sanción son el mismo costo pagado a escala institucional. Cuando cualquiera de las dos desaparece, queda la forma sin el contenido, el vínculo sigue existiendo en apariencia mientras deja de cumplir su función. No tengo una solución para revertir esto a escala planetaria, y desconfío de quien la ofrezca con demasiada seguridad. Pero mostrar el mecanismo con precisión, sin necesidad de nombrar un villano para que sea real, me parece el primer paso de un trayecto largo. Mandela, Gandhi y Einstein no revirtieron el patrón por sí solos, pero mostraron que un propósito sostenido puede modificar la dirección de un vector ya instalado. Ese sigue siendo, para mí, el punto de partida disponible.

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