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El origen y el alcance

23 sept
2 min de lectura

La violencia antes del humano, sus motivaciones y diferencias La primera de las entregas de la serie


Entre 1974 y 1978, en el Parque Nacional Gombe, en Tanzania, un grupo de chimpancés exterminó sistemáticamente a otro. No fue un enfrentamiento puntual. Durante cuatro años, machos de la comunidad Kasakela salieron en partidas de patrulla hacia el territorio de la comunidad Kahama, vecina y antes parte del mismo grupo, y mataron, uno por uno, a casi todos sus machos adultos. Jane Goodall, que llevaba una década observándolos como una convivencia relativamente pacífica, documentó el proceso completo. No hubo ideología. No hubo lenguaje articulado que justificara el ataque. Hubo territorio, hubo comida, y hubo una ventaja numérica que convenía usar antes de que se perdiera.


Ese dato cambia el lugar donde solemos poner el comienzo del problema. Es común pensar la violencia organizada como algo que aparece con la herramienta, con la palabra, con la idea que la vuelve estrategia. Gombe muestra que la capacidad de matar en grupo, de manera planificada y sostenida en el tiempo, no necesitó nada de eso. Necesitó la misma aritmética que en cualquier otra circunstancia produce cooperación: varios individuos evaluando que juntos consiguen algo que separados no.


Hay un segundo dato, menos citado, que complica cualquier lectura fatalista de esto. El bonobo es primate hermano del chimpancé, separado de él hace apenas dos millones de años, genéticamente casi indistinguible en lo que hace a capacidad cognitiva o estructura social básica. Y sin embargo, entre bonobos casi no se registra agresión letal entre grupos. La diferencia no está en el instinto, está en la organización: las hembras bonobo forman coaliciones estables entre sí, incluso sin parentesco, y esas coaliciones frenan a los machos antes de que la competencia escale a violencia sostenida. Misma genética de base, resultado opuesto, según cómo esté armado el grupo alrededor del individuo.


De estos dos hechos juntos se puede sacar una idea que ordena todo lo que sigue en esta serie. La capacidad de destruir al otro no nace con ninguna herramienta particular, ni con el lenguaje, ni con la conciencia de sí. Es más vieja que todo eso, y aparece cada vez que la competencia por un recurso encuentra la organización social que la habilita. Lo que cambia, a lo largo de la historia que vamos a recorrer (la caballería de Atila, la industria, la energía atómica, la inteligencia artificial), no es esa capacidad de base, que sigue siendo la misma aritmética de Gombe. Lo que cambia es el radio de alcance que cada nueva herramienta le da, y si existe o no, en cada época, algo parecido a la coalición de hembras bonobo, capaz de frenarla antes de que escale.


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