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El origen y el alcance (serie)

25 sept
2 min de lectura

En 1964, en Jebel Sahaba, a orillas del Nilo en Sudán, se excavó un cementerio de hace unos trece mil años con más de cuarenta esqueletos, muchos con puntas de proyectil de piedra todavía alojadas entre los huesos. Durante décadas se lo describió como la evidencia más antigua de una guerra, una sola masacre. Una revisión de 2021, con tecnología que no existía en los sesenta, encontró algo distinto y en cierto modo más inquietante: las lesiones no son todas del mismo momento, muchas cicatrizaron y volvieron a lastimarse, lo que sugiere episodios de violencia repetidos a lo largo de generaciones, no un ataque único. Y en                                       Nataruk, cerca del lago Turkana en Kenia, hace unos diez mil años, veintisiete personas murieron con fracturas de golpe y micro láminas de obsidiana clavadas, una de ellas con las manos atadas. Ese hallazgo también tiene discusión abierta entre especialistas sobre si refleja un patrón de guerra organizada o un episodio aislado, así que conviene sostenerlo con esa cautela.


Lo que estos dos sitios muestran, más allá del debate sobre su alcance exacto, es violencia con arma dedicada, fabricada para ese fin, y con un patrón que se repite en el tiempo, miles de años antes de cualquier ciudad, cualquier imperio, cualquier escritura. Eso ya no es la patrulla de frontera de un chimpancé, que evalúa el riesgo del momento y decide pelear o retirarse. Es una intención sostenida, ejecutada con una herramienta hecha para ese propósito específico y repetida generación tras generación.


Y sin embargo tampoco es todavía Átila. No hay evidencia de que estas comunidades sostuviesen un cálculo a años de distancia sobre lo que un adversario lejano preferiría pagar antes que pelear, no hay diplomacia, no hay lenguaje escrito que deje ese tipo de estrategia documentada. Hay premeditación conductual, con arma y con repetición, pero probablemente todavía sin la representación completa de la mente ajena a futuro que exige negociar en vez de solo atacar o defenderse.


Con este nodo en el medio, la escala queda más completa. El impulso, el mismo desde Gombe, no cambia. Lo que sí tiene sus propios pasos, además del alcance que da cada herramienta, es la sofisticación de la premeditación misma: de la evaluación instantánea de riesgo, sin arma dedicada, se pasa al arma hecha para matar y usada de forma repetida, sin necesitar todavía representarse la mente del otro a futuro, y de ahí recién se llega al cálculo diplomático sostenido en el tiempo que hace Átila, que sí exige lenguaje y algo parecido a la metacognición plena. Tres escalones, no dos, entre el chimpancé y el imperio.


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