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Septiembre mes del estudiante, maestro, profesor. Mi aporte

12 sept
3 min de lectura

Actualizado: 13 sept

Setiembre junta, casi sin proponérselo, tres fechas que la costumbre trata por separado: el mes del maestro, del profesor, del estudiante. Yo las uniría en un solo orden, y ese orden va al revés de como solemos pensarlo.

La secuencia habitual dice: primero se estudia, después se titula, después se ejerce. El diploma llega antes que la práctica, y se asume que la calidad del pensamiento viene incluida en él, como si el papel certificara también aquello que ningún examen puede medir. Yo propongo invertir el énfasis. Antes de ejercer una profesión, antes incluso de titularse en ella, hay una tarea previa y silenciosa: ser maestro del propio pensamiento. Nadie entrega diploma por eso. Y sin embargo todo lo que sigue depende de qué tan bien o mal se haya cumplido esa etapa que nadie evalúa.

El pensamiento no nace de un solo lugar. Nace de la diferencia entre dos velocidades: una parte de nosotros reacciona rápido, con la fuerza cruda del instinto y la emoción, ciega a lo que viene después; otra parte, más lenta, alcanza a ver la consecuencia antes de que el impulso se vuelva acto. Todo pensamiento es, en algún grado, el resultado de esa carrera entre la urgencia y la demora. Ser maestro de uno mismo es, ante todo, aprender a sostener esa demora el tiempo suficiente para que la parte lenta alcance a la rápida antes de que algo salga de nosotros sin haber sido revisado.

Porque algo sale, tarde o temprano. El pensamiento que se queda en silencio no construye ni destruye nada todavía, pero en cuanto se convierte en palabra, en gesto, en decisión, deja de ser solo nuestro. Ahí empieza una cadena de cinco pasos que conviene mirar completa, porque cada eslabón puede sostener lo bueno del anterior o arruinarlo sin que haga falta mala intención en ninguno de los dos.

El primer eslabón es la calidad del pensamiento mismo, esa demora entre el impulso y la revisión de la que ya hablamos. El segundo es el mensaje que ese pensamiento decide producir: no es el pensamiento entero, es un recorte de él, la primera transformación de silencio en algo transmisible. El tercero es el medio por donde ese mensaje viaja, porque una misma idea dicha en una clase, escrita en un libro o publicada en una red no es la misma idea, aunque las palabras sean idénticas: el canal deja su propia huella en lo que transporta. El cuarto es la interpretación de quien recibe el mensaje, que nunca es una copia fiel de lo que se quiso decir, sino una reconstrucción hecha con las herramientas propias de quien escucha. Y el quinto, el que más me importa nombrar hoy, es la posibilidad de ida y vuelta: la oportunidad de preguntar, de corregir, de que el que emitió el mensaje y el que lo recibió puedan encontrarse otra vez y redondear entre los dos lo que la primera vez quedó a medio decir.

Ese quinto eslabón es el que decide si toda la cadena mejora o se degrada con el tiempo. Sin él, cada paso queda expuesto a su propio error sin nadie que lo corrija, y esos errores se acumulan uno sobre otro hasta que lo que llega al final se parece cada vez menos a lo que se quiso decir al principio. Con él, en cambio, cada eslabón tiene ocasión de pulirse antes de seguir viaje, y lo que llega al final puede terminar siendo mejor, más claro, más útil que la idea original. Es la diferencia entre un maestro que sólo dicta y uno que además escucha la pregunta que su propia clase generó, y ajusta con eso la clase siguiente.

Por eso creo que estudiante, profesor y maestro no son en el fondo tres personas ni tres etapas de una carrera, sino tres funciones que conviene ejercer, todo el tiempo, cualquiera sea el título que tengamos colgado en la pared. Estudiante, porque siempre hay una demora por aprender a sostener mejor. Profesor, porque siempre hay un mensaje por construir y un medio por elegir con cuidado. Maestro, porque siempre hay una vuelta pendiente, la de volver a preguntar si lo que salió de nosotros llegó siendo lo que quisimos que fuera, o algo distinto, y estar dispuesto a corregirlo si hace falta.

El pensamiento fue, me parece, la primera herramienta que tuvimos, antes que cualquier instrumento de piedra o de metal. Y como toda herramienta, no es buena ni mala en sí misma. Construye o destruye según de qué lado del gradiente haya nacido, si le ganó el impulso a la demora o la demora al impulso. Ser maestro de eso, antes de ejercer cualquier otra cosa, sigue siendo, me parece, la única titulación que de verdad importa.

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