Sobre el lenguaje, la comunicación, el simbolismo, la IA y pantallas
Actualizado: 13 sept
Vengo pensando el lenguaje como un transductor. No creo que haya evolucionado primero para transmitir información neutra, sino como una tecnología biológica y cultural para exteriorizar la interioridad: la experiencia, la emoción, la intención y, en su forma más elaborada, el propósito. La cadena completa sería: interioridad, codificación, señal, medio, recepción, y del otro lado, reconstrucción de esa interioridad en el otro.
Cada etapa histórica que atravesamos puede leerse como una variación de qué le pasa a esa cadena, qué extremo se fortalece, cuál se angosta, y, en el caso más reciente, cuál directamente deja de estar presente.
En el lenguaje oral primitivo la interioridad estaba viva y la señal era costosa: la voz, el gesto, la presencia física. El medio era el aire compartido, y el receptor reconstruía esa interioridad de inmediato, con retroalimentación en el momento. Era la máxima fidelidad de ida y vuelta, aunque sin persistencia más allá del instante.
Con la escritura y la alfabetización, la interioridad se codifica y se difiere en el tiempo. El soporte físico persiste, y el receptor reconstruye esa interioridad sin la presencia del emisor, exigiéndose una decodificación secuencial. Ganamos memoria extracerebral y pensamiento abstracto, perdimos la retroalimentación inmediata y la señal no verbal.
Con la imprenta y los medios de masas, la interioridad codificada se vuelve replicable a escala. El receptor pasa a ser múltiple y anónimo. Ganamos alcance y la posibilidad de una ficción compartida a gran escala, como plantea Harari, pero empieza a separarse el costo de emitir, que se vuelve bajo para el editor, del costo de producir la interioridad original, que sigue siendo alto.
Con lo digital y la postalfabetización, la interioridad se fragmenta, se codifica de manera icónica y algorítmica. El medio es el scroll, el feed, la imagen efímera. La recepción es rápida, la representación llega casi terminada, y exige poca reconstrucción propia. La imagen transmite bien un estado emocional, pero mal una estructura proposicional compleja. Se angosta el ancho de banda del argumento sostenido, no desaparece del todo.
Con la inteligencia artificial generativa ocurre algo distinto, y más profundo que un angostamiento. No hay interioridad verificable del lado del emisor. Hay competencia semántica sin experiencia semántica. El medio es texto, voz o imagen sintética, indistinguible en su forma de la señal humana. Y el receptor reconstruye una interioridad ahí donde no hay ningún referente real que reconstruir. No es una ruptura que angoste el ancho de banda, es una ruptura que elimina el extremo emisor que el propio modelo del lenguaje presupone. Es la simulación de la forma de una transducción, no una transducción empobrecida.
Hay un ancla biológica que me ayuda a entender por qué esto importa tanto. La teoría de la señal costosa, de Amotz Zahavi, explica por qué en la naturaleza las señales honestas tienden a ser señales caras de producir: la cola del pavo real, el rugido sostenido del ciervo. Un organismo débil no puede sostener esas señales por mucho tiempo, y por eso son difíciles de falsificar, funcionan como garantía biológica de honestidad. El lenguaje humano funcionó bajo una lógica parecida durante milenios: sostener un relato coherente sobre el propio dolor, sobre una convicción, sobre un propósito, cuesta un esfuerzo cognitivo real, y deja rastros cuando es falso. Por eso la fluidez sostenida solía funcionar como un indicio razonable de que había interioridad real detrás del mensaje.
La inteligencia artificial generativa desacopla esa correlación desde la raíz. Produce la señal cara (fluidez, coherencia, competencia emocional aparente) a un costo marginal casi nulo, sin el referente interior que la volvía costosa y, por eso mismo, confiable.
Si cada vez cooperamos más a través de la inteligencia artificial en la construcción de las ficciones compartidas que sostienen la cooperación humana a gran escala, la pregunta de quién controla esa herramienta deja de ser un asunto técnico. Pasa a ser un asunto de captura, del recurso más nuevo y menos regulado de todos: la fabricación de confianza simbólica a escala.
El lenguaje evolucionó como transductor de interioridad porque el costo de producir la señal garantizaba, de manera imperfecta pero real, que había algo verdadero detrás de ella. La postalfabetización angosta ese transductor por el lado del medio. La inteligencia artificial lo desacopla por el lado del emisor. Las dos cosas juntas erosionan la misma variable que, según Harari, sostuvo la cooperación humana a gran escala: no la cantidad de señal disponible, sino la confiabilidad de esa señal como indicio de que hay algo real detrás.

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